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≫ Caballos famosos de la Historia (I)

Iniciamos esta semana una serie de post dedicados a recordar la memoria de algunos de los caballos más famosos de la historia, que acompañaron a importantes hombres y que en muchas ocasiones contribuyeron a salvar sus vidas. Recuerda que en nuestra tienda online encontrarás todo tipo de artículos de equitación para que tu caballo se encuentre lo más cómodo posible y alcance su máximo nivel.

Babieca, caballo del “Cid Campeador”

Don Rodrigo Díaz de Vivar también conocido como el Cid campeador, fue un héroe de la España medieval. En ocasiones, el personaje histórico se mezcla con la leyenda ya que la mayor parte de su historia la conocemos gracias al cantar de gesta llamado el “Cantar del mío Cid”. No se sabe quién lo escribió pero sobrevivió hasta nuestros días y gracias a él conocemos datos como cuál era el nombre de su caballo y que era de pelaje blanco y al parecer de raza Andaluza, aunque no está muy claro, porque hay quien dice que era de origen leonés (de la comarca de Babia). Era un caballo obediente, ágil y lleno de brío, ideal para la guerra. Según la leyenda, la última batalla que ganó el Cid, fue gracias en gran medida a su brioso caballo. El cuerpo sin vida del Cid, fue atado a la silla de su corcel que a todo galope marchó frente a sus tropas, levantando la moral de los soldados y amedrentando a los musulmanes, que al ver semejante escena, pensaron que el Cid se había levantado de entre los muertos para seguir luchando.

Bucéfalo, caballo de “Alejandro Magno”

Alejandro Magno fue el general más grande de la Historia y el “hombre de Estado” más genial de su tiempo. Según la leyenda, cuando era jefe de la caballería pidió a su padre que le proporcionase “caballos de Tesalia”, por ser los mejores del mundo para la guerra. Cuando tenía 12 años, encontró a Bucéfalo, mientras presentaba diversos caballos ante su padre para que los comprara. El caballo comenzó a mostrarse tosco y salvaje, relinchando y lanzando coces por doquier, sin que nadie lograra apaciguarlo, entonces el joven Alejandro logró montar al caballo, momento en que su padre pronuncio la célebre frase: “Hijo, búscate un reino que se iguale a tu grandeza, porque Macedonia es pequeña para ti”.

Bucéfalo sí permitió ser cuidado por los sirvientes de Alejandro, pero sólo se dejaba montar por él. Era de color negro azabache y una estrella blanca en la frente con forma de “cabeza de buey” (de ahí Bucéfalo), poseía una cabeza de frente ancha y perfil ligeramente cóncavo (característico de la sangre oriental), y era considerado de gran tamaño comparado con sus contemporáneos. Se dice que uno de sus ojos era de color azul y despertaba el asombro de todos por su belleza, su poderío y su rebeldía. Tenía un temperamento arisco y difícil.

Othar, caballo de Atila

Fué el caballo de Atila el huno (“el azote de Dios”, Etzel para los alemanes y Ethele para los húngaros), del que se decía que por donde pisaba no volvía a crecer la hierba.

Atila nunca adornó su caballo porque para los hunos, el caballo era uno de sus tres animales sagrados, por tanto era una ofensa cargarlo con adornos y colgajos. Además, los hunos consideraban que su caballo era una prolongación de su ser, era como su otra mitad, y de hecho, gracias a sus caballos, los hunos lograron tener uno de los imperios más grandes de la historia, durante casi ochenta años.

Genitor, caballo de Julio César

Parece ser que “Génitor” -que significa creador, padre o reproductor- fue llamado así por César en recuerdo de su padre muerto, cuando tan sólo tenía catorce o quince años. Nació en sus establos y lo alimentó con gran cuidado, también fue el primero en montarlo. El caballo presentaba atavismo en las patas, por lo que tenía varios dedos largos rematados en pezuña además del casco central, algo causado por la desactivación del gen inhibidor que impide el crecimiento de más dedos en los caballos aparte del tercero durante el desarrollo embrionario. Esta rareza se interpretó como un designio de los dioses y profetizaron que quien lo montase dominaría el mundo. César lo adoptó como su caballo preferido y prohibió que nadie más lo usase como cabalgadura. Participó junto con su amo en la Guerra de las Galias y le acompañó en el paso del río Rubicón. Julio César mandó construir una estatua de su caballo frente al templo de la Venus Genetrix, para que lo protegiera durante las batallas.

Los caballos de Aníbal

Según las mejores fuentes históricas (Polibio el Griego y Tito Livio) y las leyendas surgidas en torno a los desaparecidos relatos de su cronista Sosylos, el famoso general cartaginés tuvo, entre otros, tres caballos con nombre propio: Ibero, Strategos e Iris. El primero fue "el caballo de Sagunto", o sea, aquél con el que sitió y venció a los saguntinos, entonces amigos de Roma, en la primera fase del camino hacia los Alpes, Ibero era el nombre del río Ebro, pero también la frontera que Roma había impuesto entre ella y Cartago. Por eso el cruzar el Ebro fue como la ruptura con Roma y el comienzo de la segunda guerra púnica. Ibero murió, según la leyenda, cerca del Ródano o durante la escaramuza con los celtas galos que se interponían en su marcha.

Strategos -en griego "general"- fue "el caballo de los Alpes", aquel con el que culminó la hazaña del gran ejército y los elefantes. Al parecer era un caballo impresionante, de gran alzada y color azabache, inquieto, agresivo en la carrera y fácilmente manejable en el combate (y no hay que olvidar que los cartagineses montaban sus caballos sin frenos, sin bocado y muchas veces sin bridas)... que se había hecho traer de la Tesalia griega en un afán de imitar a su gran ídolo juvenil: Alejandro Magno.

Más tarde, aunque no se sabe qué fue de Strategos, el cartaginés se prendó de una yegua que le regaló Filipo V de Macedonia, y a la que puso de nombre Iris, en honor de su "gran amor" italiano: la dama de ese nombre, señora de Salapia, que se suicidó arrojándose desde las murallas antes de ver vencido a "su" héroe.

Sin embargo, el corcel más famoso entre los cartagineses de Aníbal fue Ras, cuyo dueño era el jefe de la caballería, capitán Maharbal (Marr), que según los biógrafos era el que más sabía de caballos en "todo el mundo".

Los caballos de carreras de la Hispania romana

Iscolasticus, Famosus, Eridannus, Ispumosis, Pelps, Lucxuriosus, Pyripinus, Arpostus, Eutrata, Eustolus, Eupbium, Paticium, Polystefanus, Pantacarus... son nombres de caballos que pasaron a la Historia con luz propia. Como los ganaderos Nicati y Concordi.

Pero el más famoso animal de la Hispania romana fue, sin duda, Regnator..., es decir, el "rey", el "dueño", el "soberano"..., el caballo más impresionante que conocieron los siglos, según las leyendas que han sobrevivido dentro o al margen de la Historia. Regnator era, al parecer, descendiente directo de aquellos caballos númidas que el cartaginés Asdrúbal trajo a España en el esplendor de Cartago... y nació y se crió en una yeguada de la campiña cordobesa llamada el Alcaide. Regnator era un alazán tostado, próximo al castaño, con crines y cola doradas, y tenía una altura en la cruz de 1,60 metros... y corría como el viento.

Dice la leyenda que Regnator participó en más de cuatro mil carreras sin conocer la derrota y llegó a ser el caballo-ídolo de las multitudes por algo muy curioso: su torpeza en las salidas. Regnator ganaba saliendo de atrás y ponía el circo en pié cuando comenzaba a adelantar a sus rivales. Como guía de cuadriga jamás tuvo ningún otro animal el renombre que él alcanzó.

De Regnator se cuenta también que en cierta ocasión ganó dos carreras en un mismo día: una por la mañana en Córdoba y otra por la tarde en Mérida.

Y, sin embargo, ni la Historia ni la leyenda han guardado los nombres de los hombres que fueron sus dueños o sus jinetes. Lo cual dice por sí mismo el valor que el caballo tuvo en determinados momentos de la Historia.

El caballo del emperador Calígula

Se llamaba Incitatus, es decir, "Impetuoso", y al parecer era de origen hispano, lo cual no sorprende, pues Roma importaba cada año de Hispania alrededor de diez mil caballos. "Los caballos hispanos -escribiría años más tarde Simmaco a Salustio- son de gran alzada, buenas proporciones, posición erguida y cabeza hermosa. Como caballos de viaje son duros, no enflaquecidos. Son muy valientes y veloces, no haciendo falta que se les espolee... Tienen el pelo liso, corren mucho y son poco apropiados para ir al paso por su genio y coraje".

Calígula, por lo visto, llegó a adorar a la noble bestia hasta el punto de que -según Suetonio- mandó construir para él una caballeriza de mármol y un pesebre de marfil... y más tarde una casa-palacio con servidores y mobiliario de lujo, para que recibiese a las personas que le mandaba como "invitados".

"También se cuenta -termina diciendo Suetonio en su Vida de los doce Césares- que había decidido hacerle consúl”.

Claro que en este caso la historia se queda corta, porque Calígula llegó más lejos en su pasión por Incitatus. La leyenda asegura que el joven emperador, inclinado por el bando verde, comía y dormía en los establos, junto al caballo, los días de carreras... y, para que nadie ni nada turbase al equino, ya desde la víspera decretaba el "silencio general" de toda la ciudad bajo pena de muerte a quien no lo respetase.

Se cuenta que en una de aquellas carreras, a pesar de todo, perdió Incitatus y que Calígula no pudo contenerse y mandó matar al osado auriga, pero diciéndole al verdugo aquello de "mátalo lentamente para que se sienta morir."

"Los hombres lloran porque las cosas no son lo que deberían ser... El mundo, tal como está, no es soportable -dijo en otra ocasión-, y eso lo sabe mejor que nadie Incitatus... ¿Por qué mi caballo, que es más inteligente y más noble que todos vosotros, no puede ser igual vosotros?"

Esperamos que os haya gustado este repaso por algunos de los nombres de caballos más famosos de la Historia. La semana que viene, más. Y ya sabéis que estamos a vuestra disposición en nuestra tienda de Collado Villalba (Madrid), en Facebook y en el email: deraza@tiendahipicaderaza.es 

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